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Esta informacion es para el uso de los médicos y otros profesionales de la salud. Si usted es un paciente, su médico puede explicarle como usar esta informacion en su caso. |
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Autores: J. Ponce García y V. Garrigues
Gil
Tomado de: www.aegastro.es
La enfermedad por reflujo gastroesofágico (ERGE) se caracteriza por ser muy prevalente, tener una expresión clínica muy heterogénea y ser crónica, aspecto importante en la terapéutica. Es consecuencia de la exposición de la mucosa esofágica al material refluido desde el estómago, cuyos componentes principales son ácido clorhídrico y pepsina.
Las manifestaciones clínicas de la ERGE son muy diversas, tanto por las características del cuadro clínico (síntomas, lesiones, complicaciones), como por la forma de presentación (típica, atípica). Cursa con síntomas en la mayoría de pacientes, pero no en todos; es decir, existe una forma asintomática en la que hay lesiones esofágicas e incluso puede aparecer con una complicación. En aproximadamente la mitad de los pacientes con ERGE la mucosa esofágica muestra cambios inflamatorios visibles a la endoscopia, en un amplio espectro que se extiende desde lesiones de esofagitis leve hasta ulceración, estenosis y metaplasia (esófago de Barrett). La relación entre la presencia e intensidad de la sintomatología y la existencia de lesiones esofágicas es muy imperfecta. Por otra parte, la ERGE puede manifestarse de forma atípica con un síndrome clínico que por sus características no parece tener origen en el esófago (dolor torácico episódico, laringitis péptica, asma bronquial, etc.).
La ERGE se sospecha ante un síndrome clínico compatible. Pirosis y regurgitación ácida son los síntomas capitales, aunque inespecíficos. Disfagia y odinofagia son síntomas de alarma que sugieren estenosis péptica o esofagitis grave, al tiempo que obligan a descartar lesiones malignas del esófago. La sospecha diagnóstica es más difícil cuando se manifiesta de manera atípica. El diagnóstico de ERGE es formal cuando existen datos objetivos de la enfermedad; son la esofagitis (en ausencia de otras causas de ésta) y/o la evidencia de reflujo gastroesofágico patológico, lo que convierte a la endoscopia y a la pHmetría esofágica en las mejores pruebas diagnósticas cuando resultan positivas; en cambio, su negatividad no excluye el diagnóstico de ERGE.
Hay relación directa relativa entre la existencia y gravedad de la esofagitis, valorada por endoscopia, y el tiempo de exposición ácida del esófago, determinado por pHmetría. Los pacientes que cursan sin esofagitis presentan menor tiempo, mientras que el mayor se da en los pacientes con esófago de Barrett con complicaciones, y tienen valores intermedios los pacientes con esofagitis y esófago de Barrett sin complicaciones. Dado que esto es cierto a nivel de grupo, la pHmetría de 24 horas, con independencia de su valor diagnóstico, no tiene utilidad para establecer criterios de selección del tratamiento, tomando como base la magnitud del reflujo. Por el contrario, la información que ofrece la endoscopia, que permite clasificar a los pacientes en función de que exista esofagitis, de la gravedad de ésta y de la presencia de complicaciones (estenosis, esófago de Barrett), tiene aplicación para decidir la terapéutica y el seguimiento de los pacientes.
Existen múltiples clasificaciones de la ERGE basadas en criterios endoscópicos que, en síntesis, estratifican la gravedad de la ERGE en función de que no exista esofagitis, sea leve (erosiones en la porción distal poco extensas), moderada (erosiones más extensas en sentido circunferencial y/o longitudinal) y grave (complicaciones). La presencia de esófago de Barrett (metaplasia intestinal), coexista o no esofagitis, es un elemento diferencial que categoriza a los pacientes por la necesidad de seguimiento endoscópico con biopsias seriadas, dado el riesgo de malignización.
Existe un amplio arsenal terapéutico para la ERGE que incluye recomendaciones generales (hábitos de vida y alimentación, supresión de sustancias que favorecen el reflujo gastroesofágico, evitar el sobrepeso), tratamiento farmacológico, terapéutica instrumental (dilatación de estenosis, ablación de metaplasia mucosa) y tratamiento quirúrgico. Disponer de tantas opciones hace que la ERGE sea una enfermedad tratable de manera efectiva en la práctica totalidad de los casos, a la vez que permite al clínico seleccionar el modelo terapéutico más adecuado para cada paciente, pudiendo ofrecer en muchos casos más de una alternativa, o aplicar una o más asociadas o consecutivas en función de las condiciones del paciente o del momento evolutivo. Todo ello da versatilidad al tratamiento para alcanzar sus objetivos: remisión de síntomas, curación de lesiones cuando existen y evitar la recidiva.
Algunas se fundamentan más en la racionalidad que en la evidencia existente de su efectividad. El cumplimiento se estima que es, en general, bajo, probablemente por la incomodidad que causan al paciente y porque el alivio sintomático suele inducir al incumplimiento. El tratamiento postural es difícil de seguir por algunos pacientes e incomoda a la mayoría. La elevación de la cabecera de la cama tiene sentido en el subgrupo de pacientes en quienes la regurgitación es predominante, así como en los que presentan síntomas durante la noche, en los que se demuestra reflujo patológico nocturno y en la esofagitis grave, por la asociación que existe con reflujo de predominio en decúbito. En el resto de pacientes, que son la mayoría, ni existe evidencia ni parece racional hacer esta recomendación de manera sistemática. En cambio, ya que el reflujo es, en general, frecuente en período posprandial, es lógico aconsejar a todos que eviten el decúbito las 2-3 horas que siguen a las comidas, pues esta medida disminuye la exposición ácida del esófago, aunque no hay pruebas definitivas de su efecto terapéutico. Lo mismo sucede con la supresión del tabaco, que se recomienda de forma general.
Se aconseja evitar, o al menos reducir, el consumo de sustancias (alimentos, condimentos, medicamentos) que pueden favorecer o incrementar el reflujo gastroesofágico. En este sentido, existe información de ciertos componentes de la dieta que aumentan el reflujo (grasas, café, alcohol, chocolate, ajo, cebolla, bebidas de menta) y que, por tanto, es racional evitarlos. A la vez, se recomienda que las comidas no sean voluminosas y que no se hagan ingestas tardías, antes de acostarse. En cuanto a los medicamentos, el listado de los que pueden favorecer el reflujo es amplio, en general porque disminuyen la presión del esfínter esofágico inferior (EEI), como diacepán, bloqueadores de los canales del calcio, nitratos, teofilina, dopamina, morfina, meperidina, antagonistas alfaadrenérgicos, prostaglandinas, anticolinérgicos, etc. La supresión o sustitución del fármaco resultará de un análisis individualizado, considerando tanto la enfermedad que ha motivado su indicación como el patrón clínico de la ERGE. En cualquier caso, debe quedar patente que la decisión que se tome, aun siendo racional, carecerá de pruebas formales que la soporten, pues falta información respecto a que la supresión de medicamentos que afectan al EEI tenga repercusión sobre la respuesta sintomática o sobre la curación de la esofagitis. La impresión clínica es que algunos pacientes alivian su sintomatología o se hace más favorable la evolución de la ERGE, pero también en muchos otros el tratamiento de la ERGE es tan efectivo que no impide mantener la administración de fármacos que pueden incrementar el reflujo.
Disminuir la exposición ácida del esófago es, hoy día, el pilar que sustenta el tratamiento de la ERGE, siendo la inhibición de la secreción ácida gástrica la base del tratamiento farmacológico. Por ello, los antagonistas H2 y los inhibidores de la bomba de protones (IBP) son los fármacos de mayor interés. Los IBP son de elección, dado que existe una relación directa entre el grado de antisecreción, tanto en cuanto a magnitud (elevación del pH gástrico y esofágico), como en duración del efecto y la eficacia terapéutica, medida en términos de tasa y rapidez de la remisión de los síntomas y de la curación de la esofagitis. La utilización de los alcalinos se basa en su capacidad de neutralizar la secreción ácida. Por otra parte, ya que la ERGE es, en esencia, una enfermedad motora, sería racional utilizar fármacos, como los procinéticos, que incrementen el tono del EEI, mejoren la peristalsis y en consecuencia el aclaramiento esofágico, y activen el vaciamiento gástrico.
Su uso (alcalinos solos o asociados a ácido algínico) se ha limitado al control puntual de los síntomas, en particular en las formas leves y ocasionales de la enfermedad. La asociación a antisecretores es innecesaria una vez éstos han producido su efecto, dado que el paciente queda pronto libre de síntomas.
La acción antisecretora de estos agentes, indicados a la dosis convencional (tabla 1), resulta suficiente para el tratamiento de algunos pacientes, especialmente formas leves y algunas moderadas, pero con el inconveniente de que no se puede predecir individualmente los pacientes que van a responder, si bien se puede prever que serán menos cuanto más grave sea la esofagitis. No existe argumento para recomendar dosis altas en pacientes con mala respuesta terapéutica a la dosis convencional o en formas graves de la ERGE, pues aunque parecen algo más efectivas, los resultados terapéuticos son inferiores a los IBP. En cambio, administrados a menor dosis (mitad de la convencional) han adquirido uso, sobre todo entre pacientes con ERGE leve y ocasional, para prevenir la aparición de síntomas ante situaciones que pueden desencadenarlos (ingesta copiosa, cena tardía, ejercicio), ocupando espacio terapéutico de los antiácidos. Han sido desplazados del tratamiento de mantenimiento por los IBP, que son mucho más eficaces.
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Tabla 1: Dosis convencionales de los fármacos más
utilizados para el tratamiento de la ERGE. (Haga click en la imagen para verla más grande) |
Son los fármacos más efectivos y, por ello, de elección para el tratamiento de la ERGE, tanto para la fase aguda como de mantenimiento. Indicados a las dosis convencionales (tabla 1), con la ventaja de que se administran en una sola toma que facilita el cumplimiento, consiguen los resultados más efectivos, a la vez que más rápidos, cualquiera que sea la variable que se analice (remisión de síntomas, curación de esofagitis, control de recidiva). Se indican a dosis alta (por lo común, doble de la convencional) en las formas graves de la enfermedad y en caso de falta de respuesta terapéutica. Es aconsejable administrarlos 15-30 minutos antes de una comida y en dos tomas cuando se indican a dosis alta.
Por su mecanismo de acción tienen indicación racional en la ERGE, pero su efectividad es inferior a la deseada. De todos los agentes de este grupo (tabla 1), la cisaprida es el de mayor uso, con una eficacia terapéutica similar a la ranitidina, tanto en el tratamiento de la fase aguda, como de mantenimiento de las formas leves de la ERGE. Asociados a antagonistas H2 mejoran los resultados de éstos a costa de encarecer el tratamiento y sin llegar a la eficacia de la monoterapia con IBP. Tampoco es aconsejable indicar sistemáticamente un tratamiento combinado con IBP, pues los resultados no se mejoran de manera significativa. En cambio, tiene sentido cuando predomina la regurgitación y en pacientes que no controlan el reflujo nocturno con IBP.
La clasificación de la ERGE en grados de gravedad se ha utilizado para individualizar el tratamiento y aplicarlo de manera escalonada, esto es, recomendaciones generales (incluso sin indicar fármacos o con alcalinos) en las formas más leves de la ERGE, pasando de manera creciente por el tratamiento con procinéticos y/o antagonistas H2 y reservando los antisecretores más potentes (IBP) para las formas graves y complicadas. Esta estrategia entraña esperar el fracaso terapéutico de una opción para pasar a la siguiente. Su defensa fundamental tiene argumentos teóricos de indicar la terapéutica mínima necesaria y de eficiencia, pero hay pruebas de que indicar el fármaco con mayor efectividad, es decir IBP, cualquiera que sea la gravedad de la enfermedad, consigue mejores resultados terapéuticos, menores tasas de fracaso, mayor calidad de vida, e incluso parece ser más eficiente. De hecho, los IBP han demostrado ser superiores a antagonistas H2 y procinéticos, tanto en las formas graves y complicadas, como en ERGE con endoscopia negativa, siendo efectivos para tratar a los pacientes refractarios a antagonistas H2. Por ello hoy día se prefiere indicar un IBP como primera línea terapéutica, a la dosis convencional en la mayoría de los pacientes, consiguiendo tasas globales de curación de la esofagitis a las 8 semanas del 80-90 %, y a dosis alta si se trata ERGE grave o complicada o existe antecedente de respuesta terapéutica mala o lenta. La duración del tratamiento se establece según la gravedad de la enfermedad, variando entre límites tan amplios como 4-12 semanas.
La respuesta terapéutica es más lenta en las formas atípicas de la ERGE (dolor torácico, laringitis, asma bronquial asociado a ERGE) y, en general, precisan que la inhibición ácida sea muy intensa. Por ello, se indican IBP a dosis alta (doble, incluso triple) y durante plazos más prolongados.
La efectividad del tratamiento con IBP es alta, pero no absoluta. Existe un subgrupo pequeño de pacientes resistentes a IBP que se categorizan mediante registro del pH gástrico al encontrar valores de pH inferiores a 4 durante más del 50 % del tiempo de registro (24 horas). Desde el punto de vista clínico, se considera paciente refractario el que presenta síntomas y/o esofagitis después de 12 semanas de tratamiento adecuado. La estrategia en estos casos empieza por comprobar que se cumple el tratamiento, que la administración del IBP es correcta, y que no existen factores que puedan favorecer o agravar el reflujo, en especial el nocturno (malos hábitos de vida y alimentación, consumo de fármacos, en especial AINE, etc.). Si no hay causa que explique el fracaso y se ha tratado con IBP a dosis alta durante 12 semanas, es pertinente practicar pHmetría (esofágica y gástrica) sin suprimir el IBP. De encontrarse resistencia al IBP se puede aumentar la dosis o cambiar de agente (p. ej.: lansoprazol por omeprazol) que da resultado en algunos casos. En ciertos pacientes el fracaso se puede atribuir a un mal control del reflujo nocturno, observado mediante el registro de pHmetría. En éstos, la asociación de un antagonista H2 (ranitidina: 150-300 mg), administrado antes de dormir, puede resultar efectivo incluso más que una segunda dosis del IBP.
La ERGE es una enfermedad crónica, con tendencia natural a la recidiva, que se presenta en la mayoría de los pacientes. En pocos casos, leves, se consigue controlarla aplicando recomendaciones generales, pero la mayor&iac ute;a de pacientes con ERGE precisa tratamiento farmacológico de mantenimiento que añade la ventaja de no hacer imperativo el seguimiento de restricciones en el régimen de vida y alimentación. Como en la fase aguda, la indicación de IBP es de elección, habitualmente a la dosis convencional, pero pueden ser necesarias dosis mayores (doble y triple) en algunos pacientes, mientras que otros pueden controlarse con dosis menores de los agentes (lansoprazol: 15 mg/día, pantoprazol: 20 mg/día). La duración del tratamiento es, en principio, indefinida, pues no cabe esperar remisión espontánea de la enfermedad; no obstante, resulta oportuno ensayar la supresión del tratamiento pasado un plazo prudencial (0,5-2 años), en particular en formas leves o moderadas, para comprobar la necesidad real de éste. Durante el tratamiento se puede presentar resistencia al IBP que obligue a incrementar la dosis. El tratamiento intermitente, que consiste en indicar IBP a dosis convencional y durante un corto período (2-4 semanas), al aparecer la recidiva sintomática, es una alternativa al mantenimiento, aunque se dispone de poca experiencia; aporta la ventaja de ajustar el consumo de IBP a la necesidad del paciente en función de la recidiva sintomática.
La polémica planteada por los eventuales riesgos del tratamiento de mantenimiento con IBP, relacionados fundamentalmente con la elevación de la gastrina, la coexistencia de infección por Helicobacter pylori y la interacción entre ambos fenómenos, se ha decantado a favor de la seguridad del tratamiento. De las evidencias disponibles se infiere que no debe erradicarse la infección por H. pylori en los pacientes con ERGE, salvo que se asocie a enfermedad ulcerosa gastroduodenal, dado que hay pruebas de que H. pylori podría ser factor protector de la ERGE y que el efecto antisecretor de los IBP es menor después de curar la infección.
El candidato ideal es el paciente que responde al tratamiento médico, precisa tratamiento de mantenimiento, y/o la regurgitación es síntoma predominante y, en todo caso, que no tiene riesgo ni contraindicación para el tratamiento quirúrgico. En esta situación, la elección del tratamiento (médico continuado o quirúrgico) se debe decidir tomando la opinión del paciente, una vez informado de los resultados esperados, morbimortalidad previsible, e incluso de la eficencia de ambas opciones terapéuticas. También son candidatos los pacientes con resistencia a IBP, comprobada por pHmetría, y los que cursan con complicaciones incontrolables. En cambio, no se debe indicar cirugía a pacientes que, con un tratamiento adecuado, mantienen síntomas, por lo común síndrome dispéptico asociado, que no son atribuibles a la ERGE.
Se ha estimado que la desarrollan un 10 % de los pacientes con esofagitis, siendo el esófago distal la localización más frecuente. A veces consiste en un corto anillo fibroso situado en el cardias, raramente tiene una longitud superior a 5 cm, siendo 2-4 cm lo más habitual. Las estenosis largas, muy estrechas o tortuosas se consideran complicadas. El diagnóstico y la caracterización se establecen mediante endoscopia y esofagograma baritado.
Los pacientes con estenosis péptica precisan tratamiento antisecretor potente y mantenido, y/o cirugía antirreflujo. El tratamiento farmacológico antisecretor mejora la disfagia y disminuye la necesidad de nuevas sesiones de dilatación. Desde el principio, debe emplearse IBP a dosis altas, pudiendo ser necesario ajustar la dosis mediante pHmetría esofágica si el paciente sigue sintomático o recidiva la estenosis, aunque no debe olvidarse que la propia estenosis, si se mantiene, puede condicionar un resultado falso negativo de la pHmetría por ser competente para impedir el reflujo por encima de ésta. Por lo común, es necesario tratamiento de mantenimiento, salvo que se indique cirugía antirreflujo.
En la mayoría de las estenosis se necesita tratamiento dilatador, al menos en el momento del diagnóstico, y una tercera parte precisarán nuevas sesiones de dilatación. Básicamente, existen dos clases de dilatadores: a) las bujías de mercurio, hoy día poco utilizadas y sólo para estenosis simples, teniendo más riesgo de perforación, y b) los dilatadores provistos de guía, unos tipo bujía (como el dilatador de Savary), que son los más utilizados, y otros tipo balón hidrostático, que son aplicables a estenosis simples y complicadas. La selección del dilatador dependerá de la disponibilidad y experiencia en cada centro, pues no se ha demostrado la superioridad de ninguno en cuanto a eficacia y seguridad. Las principales complicaciones de la dilatación son la hemorragia y la perforación, que juntas alcanzan una tasa del 2,5 %. La bacteriemia tras la dilatación es frecuente, pero el desarrollo de complicaciones infecciosas es escaso. Se aconseja profilaxis antibiótica en pacientes de riesgo intermedio y alto para el desarrollo de endocarditis. El riesgo de agravamiento del reflujo por desaparición del efecto barrera tras la dilatación de la estenosis no es problema hoy día, dada la eficacia del tratamiento antisecretor.
Las indicaciones de la cirugía antirreflujo son las mismas que en pacientes con ERGE sin estenosis, siendo la más frecuente la necesidad de tratamiento de mantenimiento en pacientes sin riesgo quirúrgico. No hay pruebas formales de que la cirugía sea más eficaz que la antisecreción potente (IBP) para controlar la reaparición de la estenosis. La resección esofágica y reconstrucción mediante estómago, yeyuno o colon puede ser necesaria en un pequeño número de pacientes con estenosis intratable. Su morbilidad y mortalidad son más altas que con la cirugía antirreflujo.
En la práctica, al diagnosticar la estenosis se realiza su dilatación y se instaura tratamiento antisecretor potente. Si es eficaz se indica tratamiento de mantenimiento, valorándose la oportunidad de cirugía antirreflujo. Si recidiva la estenosis, se redilata y se verifica la eficacia del tratamiento antisecretor mediante endoscopia y/o pHmetría, pudiendo considerarse la cirugía antirreflujo. Si se produce recidiva frecuente de la estenosis, a pesar del control adecuado del reflujo, se puede ensayar la inyección endoscópica de esteroides; y si fracasa, se considera la resección quirúrgica.
En la actualidad se considera esófago de Barrett a la sustitución del epitelio escamoso del esófago distal por el epitelio cilíndrico especializado (metaplasia intestinal). La longitud del segmento metaplásico no es importante para el diagnóstico, aunque sí para el pronóstico. Se desconoce el significado exacto de la presencia de metaplasia intestinal en la unión esofagogástrica y su relación con el reflujo gastroesofágico. Se ha sugerido que la asociación de reflujo ácido y duodenogastroesofágico supone un mayor riesgo de esófago de Barrett y de malignización. La importancia del esófago de Barrett viene dada por su frecuencia (10 % de pacientes con esofagitis), por su asociación a ERGE grave y por su potencial de malignización. La transición a neoplasia se realiza a través de grados crecientes de displasia, lo que se usa para su detección precoz. El diagnóstico se realiza, tras la sospecha endoscópica, mediante la toma de muestras de biopsia. Tanto para el diagnóstico como para el seguimiento, se aconseja tomar una muestra de biopsia de cada cuadrante, cada 2 cm, a lo largo de toda la extensión del epitelio endoscópicamente sospechoso.
Son objetivos del tratamiento: a) controlar el reflujo y sus complicaciones; b) conseguir la regresión del epitelio metaplásico, y c) detectar precozmente y tratar los cambios degenerativos. El tratamiento antisecretor es necesario para interferir con el principal factor causal e impedir la aparición de otras complicaciones, como la úlcera y la estenosis esofágicas. Los IBP son los fármacos de elección con una eficacia superior a la que se consigue con antagonistas H2. Puede ser necesario ajustar la dosis mediante pHmetría, dado que la relación entre el control suficiente del reflujo ácido y la remisión de los síntomas es baja, y a ello se añade como factor de confusión la baja expresión sintomática en el esófago de Barrett, atribuida a que el umbral de percepción esofágica es mayor. El tratamiento de mantenimiento suele ser necesario. Aunque se ha postulado el beneficio del control permanente del reflujo, faltan pruebas que demuestren que la eliminación total del ácido prevenga la progresión del Barrett a displasia de alto grado y a carcinoma.
El tratamiento quirúrgico antirreflujo se indica para conseguir el control definitivo del reflujo, sin necesidad de tratamiento farmacológico continuado. Se ha dicho, sin pruebas que lo aseguren, que el tratamiento quirúrgico tendría más ventajas que el farmacológico por conseguir controlar mejor el reflujo duodenogastroesofágico.
En cuanto al epitelio metaplásico, no se ha demostrado que el control, médico o quirúrgico, del reflujo consiga su desaparición ni disminuya el riesgo de malignización, aun cuando pueda evitar la progresión de la metaplasia, e incluso conseguir su remisión parcial.
Varios métodos endoscópicos pretenden la ablación del epitelio intestinal y su sustitución por epitelio esofágico. Se ha empleado la coagulación con argón plasma, la laserterapia, la terapia fotodinámica y la coagulación térmica, habitualmente asociadas a tratamiento antirreflujo. Los resultados obtenidos son prometedores, pero ninguno de ellos ha demostrado conseguir la desaparición o disminución del riesgo de malignización y, además, son caros y no están exentos de efectos adversos. En el momento actual, deben considerarse de tipo experimental. Ningún tratamiento permite evitar la necesidad de realizar seguimiento endoscópico en los pacientes con esófago de Barrett.
La presencia de neoplasia obliga a una resección del esófago y su sustitución por estómago, yeyuno o colon. Muchos autores aconsejan realizar el mismo tratamiento en pacientes con displasia de alto grado por el elevado riesgo de neoplasia oculta. Este tipo de cirugía es muy agresivo, y su riesgo puede ser muy elevado en algunos casos. En estos pacientes puede utilizarse alguno de los métodos endoscópicos ablativos para el tratamiento de la displasia, e incluso de la neoplasia, si el riesgo quirúrgico es inaceptable.
Cuando se trata pacientes con esofagitis leve y moderada, la respuesta sintomática con el tratamiento es suficiente para asumir que se está asistiendo a la curación de la esofagitis, cuando existe. En cambio, en las formas graves y complicadas conviene verificar la curación de las lesiones mediante endoscopia, que se practicará tras un período de tratamiento suficiente para prever que se ha producido la curación (8-12 semanas). La indicación de endoscopia durante el tratamiento de mantenimiento surge cuando existe sospecha de recidiva que se expresa por la reaparición de síntomas de la ERGE.
El seguimiento en el esofágo de Barrett es imperativo por el riesgo de malignización. Se realiza mediante biopsia múltiple de la mucosa esofágica endoscópicamente afectada y de las lesiones sospechosas de neoplasia. Mientras no se detecte displasia es suficiente realizar un control cada 2-3 años. La observación de displasia obliga a asegurar la ausencia de reflujo que pudiera provocar cambios inflamatorios que confundan al patólogo. La presencia de displasia debe ser confirmada por un segundo patólogo, e incluso en una segunda muestra. Si es de bajo grado, los controles deben ser más frecuentes, cada 6-12 meses. Cuando se detecta y se confirma displasia de alto grado, la probabilidad de que exista una neoplasia oculta es alta, por lo que se ha recomendado resección esofágica. En su defecto, se indicarán controles de biopsia cada 3-6 meses.
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